RAFAEL GARCÍA, ERASMUS EN BERLÍN

Desde mi punto de vista personal creo que el erasmus o cualquier experiencia prolongada de intercambio cultural, es algo que debería hacer todo el mundo. Hay gente que defiende incluso el que se haga obligatorio… yo no voy tan lejos, pero en cualquier caso creo que es un reto personal que debe emprenderse sólo en la medida de lo posible, porque aprender a estar solo forma una parte importante de la experiencia. Resulta un paso difícil al principio, como todas las decisiones importantes en la vida, pero aún no he conocido a nadie que se haya arrepentido de haberlo hecho.

El hecho de estar de repente en un país, una ciudad y una cultura diferente que apenas conoces hace que cambie la forma de entender casi todo. Aprendes a ver las cosas de un modo mucho más abierto, y te das cuenta de que las cosas que creías objetivas son más bien prejuicios culturales. Es difícil suponer cosas, y hay muchos gestos que con una visión española pueden resultar ofensivos, pero que en realidad no lo son en absoluto. Y me da que pensar cuantos gestos ofensivos hacemos nosotros a los demás sin darnos cuenta...

Pero aparte de para abrir horizontes, la experiencia sirve también para aprender a valértelas por ti mismo, sobre todo el caso nuestro, los españoles, en el que la mayoría aun vive con sus padres y es la primera vez que salen de casa durante tanto tiempo. Conocí a gente que apenas era capaz de hacerse la cena o no sabían poner una lavadora (entre los que me incluyo). Pero en seguida te das cuenta de que estas rodeado de gente en tu misma situación, y eso te consuela bastante.

Y claro está, lo más importante de todo esto es el poso que te queda después, que permanece ya para siempre como los buenos amigos que haces durante tu estancia. Algunos de la propia ciudad y otros repartidos por todo el mundo.

A la vuelta ya no eres el mismo que antes, el paso del tiempo lejos de casa produce un efecto de maduración acelerada y ahora eres mucho más abierto y más independiente, y el mundo se vuelve mucho más pequeño, al alcance de la mano.

Cambiando meridianamente de tema, contaré ahora el episodio erasmus en una especie de crónica condensada, mezclaré mis propias vivencias con la de algunos compañeros que estuvieron en mi misma ciudad, así servirá para hacerse una idea general de la experiencia.

Primero aterrizas (nunca mejor dicho) en un lugar totalmente nuevo, estás totalmente desorientado y decides poner en práctica tus amplios conocimientos del nuevo idioma que has aprendido durante el verano anterior en un cursillo intensivo. Al instante te das cuenta de que todas las horas que has dedicado te han servido de muy poco, por no decir de nada, está muy bien saber los colores en alemán, pero sirve de poco cuando tienes que empadronarte… Viene ahora un momento crucial, pueden pasar dos cosas.

La primera es que sumido en tal problemática, uno echa mano del inglés, que más o menos chapurrea todo el mundo y, cometido este grave error, esa persona probablemente ya no volverá a hablar el nuevo idioma en todo el erasmus. Es demasiado cómodo que te entiendan en inglés, y hablarlo supone un gran problema para aprender otros idiomas que no sean el propio inglés. La segunda, mucho más complicada pero mucho más gratificante todo hay que decirlo, es hacer un esfuerzo y exprimir al máximo lo poco que has aprendido del idioma local.

Los días venideros, entre papeleos y papeleos y la búsqueda de un lugar que sustituya el albergue cutre donde vives, empiezas a conocer aluviones de gente nueva. Comienza una etapa muy interesante, la época de las grandes fiestas, visitar la ciudad, vivir nuevas experiencias... que dura más o menos hasta que empieza a hacer frío, por cierto, un frío que nunca te habías imaginado que existía. Pasada la primera explosión de sensaciones ahora viene una etapa en la que empiezas a echar de menos a la gente que has dejado en tu país, te pones un poco triste, y suele coincidir con alguna circunstancia que te pone a prueba, como tener que ir al médico o alguna situación complicada en la que falta la gente que siempre te apoya. Entonces te preguntas que coño haces allí y si realmente has elegido bien. Pero en cuanto te repones, las dudas se esfuman y se pone de manifiesto el prometedor año que tienes aún por delante.

Empieza una época de cierta rutina dentro de la novedad, comienzan las clases, los viajes, tu grupo de amigos empieza a ser más estable… Cada día que pasa aprendes alguna palabra nueva, y aunque en clase no te enteras de nada y te sientes más perdido que un pingüino en un ascensor también eres el chico simpático español y la gente te ayuda bastante en lo que puede. La ciudad ofrece nuevas posibilidades muy interesantes, y tú cada vez te desenvuelves mejor dentro de ella. Recibes visita de tus amigos y familiares y cuando se van te das cuenta de todo lo que les echas de menos. También puede que se produzcan algunas despedidas: algún amigo decide abandonar y volverse antes de tiempo.

Con el paso de los meses llega el buen tiempo, de entre la nieve crece la hierba y la ciudad se transforma, parece otra. Los árboles en realidad no se habían secado, solo estaban dormidos… La gente se vuelve simpática de repente e invade las calles y la vida se hace mucho más agradable. Recuerdas el invierno como una película en blanco y negro y cuando sales de fiesta se te hace siempre de día, (porque apenas hay horas de oscuridad). Comienzas a vivir fuera, barbacoas y fiestas al aire libre proliferan por todas partes.

Comienzas de nuevo a pasear por la ciudad, como hacías al principio antes del frío, a leer en los parques, ¡incluso a tomar el sol! Ahora lo ves todo con otros ojos, como si fuera más tuyo, ya no te sientes tan extraño. Ahora parece como si no estuvieras del todo en un país diferente, sientes que estas en Europa y que en el fondo da igual el país que sea. Se acerca ahora uno de los últimos retos, que en el fondo son la razón o “la excusa” por la cual estas allí: Los exámenes y las exposiciones finales. Eso que al principio suponía una barrera infranqueable, al final pasa casi sin darte cuenta, de una manera mucho más sencilla de lo que esperabas.

Y cuando ya te has hecho un hueco en esa ciudad, ya te sientes uno más de sus habitantes, cuando ya no cambiarías nada, porque todo es perfecto, entonces viene el tramo más agridulce, el de las fiestas de despedida. Poco a poco la gente se va marchando, y sabes que pronto será tu turno. Todo lo maravilloso que ha pasado durante el año era una situación excepcional e irrepetible, todo esto tenía fecha de caducidad desde el principio. La ciudad no volverá a ser la misma nunca, porque su gente habrá cambiado, el vacío que dejas se llenará con las historias de nuevos erasmus que llegan cargados de ilusión.

Rafael García Sacristán
Estudiante de Arquitectura

Comentarios   

0 #1 ren2 02-03-2010 02:45
Hola Rafael, me ha gustado mucho tu artículo yo estuve hace un tiempo de Erasmus en Alemania también, en Weimar. Me he sentido muy identificado con tu relato, supongo que todos los que hemos estado de Erasmus nos sentimos plenamente identificados con tu artículo.

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