¡Por los pelos!

Bajo la supervisión del Capitán Alexander, del cuerpo de Ingenieros Reales, el grupo de hombres estuvo trabajando desde la medianoche; a pesar de la lluvia, a las 9 de la mañana ya se había conseguido sacar toda la tierra, y la tumba estaba a la vista.

A las nueve y media, ya se había destapado la cripta, y levantado la losa que cubría el sarcófago. Lo llevaron a una tienda de campaña, y, tras los oficios, procedieron a abrir cada uno de los cofres: el de hojalata, el de caoba y finalmente el de plomo. Ninguno de los presentes había podido imaginar que al levantar el lienzo que cubría el cadáver, en lugar de ver ante sus ojos un montón de huesos, iba a aparecer de nuevo el Emperador, como si no hubieran pasado aquellos 19 años bajo aquel clima tropical de la isla de Santa Helena. Aunque según la autopsia el motivo de la defunción de Napoleón Bonaparte fue cáncer de estómago, el estado de conservación de su cadáver podría justificarse por los resultados de los análisis de sus cabellos realizados en 1961, que despertaron una gran polémica, digna de la magnitud del personaje, que ha llegado hasta nuestros días. Dichos resultados mostraron elevadas concentraciones de arsénico, alentando la teoría de la conspiración y del complot, señalando a la figura del conde de Montholon, apoyado por monárquicos franceses y por ingleses, como el responsable de la muerte de Napoleón.

Sin embargo, los días previos a su muerte, Napoleón ingirió una “buena” combinación de productos químicos. Por un lado, se le suministró un vomitivo (tartrato de potasio y antimonio), así como una buena dosis de un purgante de calomelano (cloruro de mercurio). Además, durante los últimos meses, Napoleón comenzó a experimentar una sed insaciable y a ingerir una bebida preparada a partir de aceite de almendras amargas; las almendras amargas tienen en su composición prunasina y amigdalina, por cuya hidrólisis se genera benzaldehído, azúcares y ácido prúsico (cianuro de hidrógeno).

Por si esta combinación no fuera suficiente, hay quienes en pleno siglo XX comenzaron a acusar a Scheele, un químico sueco, como el responsable de un envenenamiento progresivo por arsénico. En 1775 Scheele sintetizó el arseniato de cobre, compuesto que comenzó a usarse como pigmento (el verde de Scheele) en los papeles que decoraron multitud de hogares en la época victoriana. En pleno siglo XX se analizaron restos del papel que decoraba la habitación de Bonaparte en Longwood House, su hogar en Santa Helena y se descubrieron elevados niveles de arsénico, apuntando a que había sido preparado con verde de Scheele. Aunque en un principio dicho pigmento estaba en el papel, se ha demostrado que en condiciones adecuadas de humedad y temperatura, determinados microorganismos pueden descomponerlo liberando gases ricos en arsénico.

Aunque esta teoría podría parecer exagerada o descabellada, más recientemente tuvo lugar un suceso parecido al descrito. En 1954 agentes de la CIA investigaron el envenenamiento de la embajadora de Estados Unidos en Italia. Clare Boothe empezó a presentar un cuadro de síntomas (anemia, fatiga, pérdida de cabello, etc.), al que los médicos de la base militar de Nápoles asociaron con la exposición a arsénico. En plena guerra fría todo el personal de la embajada fue investigado en secreto, no encontrándose ningún sospechoso. Finalmente se descubrió que Boothe había estado 20 meses respirando aire, tomando comida y bebiendo café sazonado con polvo procedente del techo de su dormitorio de Villa Taverna, edificio del siglo XVII. Aquél había sido decorado con pintura hecha a base de arseniato de plomo. Al arsénico liberado por la descomposición del pigmento, se le añadió el ingerido en forma de polvo.

Sin embargo, la exposición de Napoleón al arsénico pudo haber tenido otras fuentes, como por ejemplo medicamentos; desde el siglo XVI se extendió el uso de sales de arsénico para el tratamiento de una variedad de enfermedades como peste, malaria, fiebres, úlceras y cáncer. Uno de los tónicos de mayor difusión fue la solución de Fowler, que contenía arsénico blanco (trióxido de arsénico) cuyo uso tuvo lugar desde finales del siglo XVIII hasta bien entrado el siglo XX.

Frente a la hipótesis del asesinato, en 2009 se publicó un trabajo en el que se mostró el resultado de los análisis de cabellos de Napoleón procedentes de distintos momentos de su vida, así como de personajes coetáneos: Josefina y el rey de Roma, el hijo que tuvo con la emperatriz María Luisa. Los resultados mostraron que los niveles de arsénico en los cabellos de todos ellos eran aproximadamente dos órdenes de magnitud superiores a los niveles de personas vivas hoy en día, además de mostrar que Napoleón a lo largo de toda su vida había presentado niveles elevados de arsénico.

A la hipótesis de la exposición continuada se suman otros estudios, como uno realizado en 2005, que, basándose en la medida de la cintura de los pantalones de Napoleón, custodiados en distintos museos, detectó una marcada y anormal pérdida de peso en los meses previos a su fallecimiento, lo cual según los autores, apoyaría la hipótesis inicial que la muerte de Napoleón fue debida a un cáncer de estómago.

¿Muerte natural u homicido? Lo que está claro es que quizá nunca el análisis de unos cabellos ha despertado tanto interés como en este caso.

J. Carlos García
Profesor del Dpto. de Ing. Química

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