Arsénico por compasión

Arsénico era lo que las dulces tías de Morty Brewster (Cary Grant) daban a los ancianos que visitaban su casa con el fin de aliviar sus sufrimientos, en la hilarante comedia “Arsénico por compasión”, que Frank Capra (además de director de cine, ingeniero químico) dirigió en 1944.


El arsénico se encuentra en la naturaleza en forma de sulfuros de arsénico, en los minerales denominados oropimente (sulfuro de arsénico (III)) y rejalgar (sulfuro de arsénico (II)), cuyos nombres proceden de vocablos latinos (auri y pigmentum) o árabes (rahj al gar, polvo de cueva), para describir sus respectivos colores: amarillo y rojizo, respectivamente. También puede encontrarse en forma de óxidos o arseniuros (como por ejemplo las arsenopiritas). Aunque los compuestos de arsénico son conocidos por el hombre desde la antigüedad, no es hasta el siglo XIII cuando se cree que fue aislado el elemento, cuya preparación y descubrimiento se atribuye al alquimista alemán Alberto de Bollstadt, más conocido como Alberto Magno.

El óxido de arsénico (III) es una sustancia incolora, inodora e insípida, que se disuelve muy bien en agua y otros líquidos, y que además es extremadamente venenosa: puede ser letal para un adulto en dosis del orden de los 250 mg, si bien se han dado casos de individuos que han desarrollado tolerancia al arsénico, en los que dosis elevadas no han causado ningún efecto. Concentraciones menores de la dosis letal, pero frecuentes, pueden provocar además de cáncer, pérdida de apetito y de peso, molestias gastrointestinales, neuritis, cirrosis, hepatitis, etc. En el caso de no ocurrir una muerte inmediata, la concentración de arsénico en el hígado tiende a disminuir rápidamente (una vez que ha cesado su ingesta), desapareciendo de la  “escena del crimen”. Dado que el arsénico puede convertirse en un veneno letal, con el paso del tiempo dicho elemento se ha granjeado una leyenda negra asociada a crímenes y envenenamientos, que comenzó a experimentar un verdadero auge a principios del siglo XV, cuando el arsénico (probablemente el óxido) se convirtió en el  veneno favorito de la familia Borgia (“La Cantarella”). Los venenos a base de arsénico proliferaron en los siglos posteriores, y hay constancia de auténticos “profesionales” como Toffana, mujer que vivió en Nápoles entre los siglos XVII-XVIII y a la que algunas fuentes atribuyen unos 600 asesinatos con ayuda de su especialidad, “aqua della Toffana”. La crónica negra en España también ha estado salpicada por envenenamientos por arsénico, encontrándose casos hasta prácticamente mediados del siglo XX, como por ejemplo el de la envenenadora de Valencia.

Algunos compuestos de arsénico también se han empleado a lo largo de la historia para el control de plagas,  como raticidas, matahormigas, herbicidas o incluso conservantes de maderas: por ejemplo, hasta diciembre de 2003 se empleaba comúnmente en USA para prevenir el ataque de termitas una mezcla de óxidos de cobre, cromo y arsénico (CCA).

Al margen de envenenamientos intencionados, desafortunadamente también cabe la posibilidad de envenenamientos accidentales, como el ocurrido en Manchester en el año 1900, que se saldó con 70 fallecidos, que encontró eco incluso al otro lado del Atlántico, al aparecer la noticia en diarios como el New York Times. Según parece en otoño de 1900 los médicos de Manchester comenzaron a atender un relativo alto número de pacientes aquejados de lo que parecía neuritis, que atribuyeron inicialmente a un consumo excesivo de alcohol, y que comenzó a ser considerada como un auténtica epidemia. Al cabo del tiempo, y tras un análisis de los casos se vio que había un factor en común: el consumo de cerveza y no el de otros licores o bebidas espirituosas con mayor contenido alcohólico. El análisis de la cerveza puso de manifiesto la presencia de cantidades apreciables de arsénico (15 partes por millón), que procedía a su vez del jarabe de glucosa que se había empleado para la fabricación de dicha cerveza. La glucosa se había obtenido por hidrólisis ácida de almidón con un ácido sulfúrico producido a partir de un anhídrido sulfúrico (trióxido de azufre) obtenido por la tostación de piritas que contenían arsenopiritas; de este modo, y acompañando al azufre en todas las etapas, el arsénico se había transformado en trióxido de diarsénico y posteriormente en ácido arsenioso, que junto al sulfúrico había sido empleado en la fabricación de la glucosa.

Al margen de una contaminación puntual como este último caso, la contaminación del agua de consumo por arsénico ha sido y sigue siendo un serio problema para millones de personas. Sin embargo, habría que señalar que aunque cada vez que pensemos en contaminación, nos venga a la mente la idea de la mano del hombre, en el caso del arsénico, la contaminación puede tener tanto un origen antropogénico (minería, fundiciones, plantas de generación de energía, empleo de herbicidas o insecticidas) como un origen natural o geogénico, de forma que en bastantes casos es difícil establecer la procedencia de dicho contaminante. Hay regiones, como San Pedro de Atacama (Chile), en las que sus habitantes han estado consumiendo tradicionalmente aguas con elevadas concentraciones de arsénico (500 partes por millón), y donde los habitantes que llevan generaciones asentadas en la zona no muestran síntomas asociados al consumo de arsénico, mientras que la incidencia de fallecimientos por cáncer es sustancialmente superior en aquellas personas que llegan de nuevas a la región.

Sin embargo, lo más frecuente es que la tolerancia al arsénico por parte de los seres humanos sea baja, y un consumo continuado de aguas con concentraciones de arsénico apreciables (la organización mundial de la salud recomienda no rebasar las 10 partes por billón) provoque la intoxicación masiva de la población. Uno de los mayores casos de envenenamiento masivo, que ha afectado a millones de personas ha tenido lugar en el sureste asiático. Durante mucho tiempo países como Bangla Desh han presentado una elevada mortalidad infantil por enfermedades asociadas al consumo e aguas de ríos, estanques o arroyos contaminados, tales como fiebres tifoideas, cólera o gastroenteritis. Se da la circunstancia de que en los años 70 del siglo XX, UNICEF comenzó a perforar pozos a unos 200 metros de profundidad en Bengala, India y Bangladesh con el fin de dar acceso a la población de un agua potable de mayor calidad. Durante mucho tiempo nadie puso en duda la efectividad de dicha medida, pero prácticamente una década más tarde, en el departamento de dermatología de la Escuela de Medicina Tropical de Calcuta e India se identificaron los primeros casos de intoxicación por arsénico en pacientes con afecciones en la piel. Se analizaron las aguas que estaba consumiendo la población y se encontró que en la mayoría de los casos, el agua excedía la concentración recomendada.

De momento, y aunque éste es un caso algo extremo, vale la pena reflexionar sobre la necesidad de cuestionarse las afirmaciones rotundas que sentencian la bondad de un producto cuando es “natural” y lo demonizan cuando “se le añade química”.

 

Juan Carlos García

SUbdirector de Ingeniería Química

 

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