Depende, ¿de qué depende?

Para comenzar este artículo podría emplear la frase de Ramón de Campoamor que todos hemos oído alguna vez, y que fue inspirada por Shakespeare y Calderón de la Barca: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.
 

En mi opinión, la química y la ingeniería química no son ajenas en cierta medida a la relatividad de este mundo en el que vivimos; son cristales de múltiples facetas, en los que la única visión de una de sus caras puede llevarnos a opiniones incompletas o erróneas.


Como se decía en alguno de los artículos en anteriores números de la revista, en bastantes ocasiones, se hacen comentarios como:”¡Hoy en día todo tiene mucha química!”, con cierta connotación negativa en cuanto a la química, y cierta nostalgia hacia “la vida de antes”. Sin embargo, la química y la ingeniería química están en realidad al servicio de la sociedad y permiten que cada día podamos seguir con nuestra vida diaria, e incluso en muchas ocasiones mejorar nuestra calidad de vida. La erradicación de la “química” de nuestras vidas no tiene porqué llevar a un menor impacto de la sociedad en el medio ambiente, sino que en realidad, depende del uso que hagamos de ella.

Centrándonos más en el caso de la química y/o la ingeniería química, podríamos citar un ejemplo que James Lovelock cita en uno de sus libros. Lovelock es un químico y ambientalista inglés que postuló la hipótesis de Gaia (la personificación de la Tierra en la mitología griega), mediante la cual, la biosfera es una entidad autorregulada con capacidad para mantener la salud de nuestro planeta mediante el control del entorno químico y físico.

A pesar de este poder de autorregulación, Lovelock afirma que Gaia ya es “una señora mayor”, que está comenzando a mostrar señales de deterioro, y que en la actualidad estamos empezando a comprobar los primeros cambios adversos producidos en la atmósfera, como consecuencia de nuestras acciones. El futuro que augura Lovelock para la humanidad, en caso de no hacer nada por cuidar a “Gaia”, no es particularmente bueno. Sin embargo, y a pesar del negro futuro que según Lovelock nos puede esperar, éste afirma que sí hay una salida, pero es una salida basada en la tecnología, no en su abandono. De este modo y como ejemplo, solamente la industria química, en combinación con la biotecnología podría hacer frente al suministro de alimentos a una población mundial que crece progresivamente, reduciendo al mismo tiempo el impacto sobre Gaia.

El ejemplo que ilustra el peligro que conlleva adoptar medidas sin valorar adecuadamente todas las posibilidades existentes, así como sus consecuencias, aparece en su obra “The revenge of Gaia”, y está tomado de su vida cotidiana. Cuando Lovelock se trasladó a su hogar en la campiña inglesa (en Devon), cerca existía un río de aguas cristalinas y claras (el río Carey); en dicho río había truchas y salmones, y era vigilado continuamente por los alguaciles para perseguir la pesca ilegal; la región es una de las más húmedas del sur de Inglaterra, caracterizada por fuertes lluvias en verano.

En 1977 los agricultores y ganaderos trabajaban como hacía mucho tiempo: recogiendo el pasto a finales de primavera o principios de verano para alimentar al ganado en invierno. Se trataba de un sistema de agricultura de baja intensidad que tras la segunda guerra mundial se basó en el empleo de fertilizantes “químicos” para aumentar el rendimiento de las cosechas, y que era incapaz de obtener el nitrógeno necesario para los campos a partir del estiércol tradicional. Entre los abonos empleados por los agricultores se encontraba el nitrato de amonio, fuente de iones nitrato, que en determinadas circunstancias puede convertirse en nitritos, susceptibles de formar nitrosaminas (ver artículo “Ingenieros en la cocina (II)”). En los años 70 se publicaron informes sobre el posible efecto carcinogénico de las nitrosaminas, que provocaron que las autoridades sanitarias de Europa y Estados Unidos comenzaran a considerar legislaciones para limitar el empleo, y la presencia de nitratos en alimentos y aguas. De este modo, se aprobaron regulaciones muy restrictivas en cuanto al uso de nitratos como fertilizantes.

Por la presión de grupos ecologistas, los granjeros de Devon empezaron a cambiar la forma de trabajar sus campos, y en pocos años, dejaron de usar nitrato de amonio, para sustituirlo por el estiércol recogido del ganado. Según Lovelock, “…para un ecologista de ciudad, ese sistema tenía todos los visos de ser una agricultura auténticamente orgánica”. Sin embargo, a principios de la década de 1980, las aguas del río Carey se volvieron marrones y pestilentes, destruyéndose de este modo el ecosistema del río: la lluvia había arrastrado el estiércol al río, aumentando la carga orgánica y disminuyendo el oxígeno disuelto en el agua, pieza clave para la vida en el río. Durante mucho tiempo Lovelock tuvo que ver cómo el río, en otro tiempo lleno de vida, estaba muerto. En aquella ocasión el culpable no era el primero en el que solemos pensar en estos casos: la industria química.

Esta breve historia refleja la relatividad de “este mundo traidor”, en el que valoraciones sesgadas o parciales nos podrían llevar a ver a la química y a la industria química como un enemigo para “Gaia”, cuando en realidad, un buen uso de las mismas, podría ser su salvación.

Para concluir, y como muestra de esta visión de múltiples  facetas, voy a lanzar dos preguntas: ¿No se nos ha insistido últimamente en la utilidad de las bombillas de bajo consumo para reducir el consumo y por tanto las emisiones de dióxido de carbono? ¿Sabíamos al poner dichas bombillas que en su interior hay mercurio, que puede liberarse al medio ambiente al romperse dicha bombilla? La polémica está servida, pues al mismo tiempo que la Comisión Europea ( http://ec.europa.eu ) afirma que las ventajas medioambientales netas de las bombillas fluorescentes compactas son superiores a las de otras, en la prensa han aparecido noticias que alertan sobre los efectos de la liberación del mercurio por una eventual rotura: ver por ejemplo noticias publicadas en los diarios El mundo (22 de Julio de 2009) o El País (25 de Noviembre de 2011).
 
Juan Carlos García Quesada
Subdirector de Ingeniería Química

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