DIAGNÓSTICO: “EMPACHO” DE MERCURIO

El mercurio es sin lugar a dudas uno de los metales que más fascinación ha generado en el hombre, en gran parte por ser un metal capaz de fluir y moverse rápidamente, siendo éste el motivo por el que adoptara el nombre del dios romano Mercurio, el mensajero de los dioses.


El mercurio es conocido desde la antigüedad por el hombre, pues en la naturaleza se le puede encontrar tal y como lo hemos visto en los termómetros, o bien en forma de un mineral rojizo conocido como cinabrio, sulfuro de mercurio (II). Dicho cinabrio ha sido empleado como pigmento (bermellón) desde el paleolítico, cuando el hombre primitivo lo empleó para sus dibujos en las paredes de las cuevas.

Los romanos encontraron y explotaron los mayores depósitos de mercurio del mundo, en Almadén (Ciudad Real); cada año toneladas de mercurio salían hacia la capital del imperio, encontrando entre otras aplicaciones la decoración de los murales de muchas villas romanas. Plinio diferenció el mercurio metálico nativo del obtenido por calentamiento del cinabrio (el sulfuro se descompone dando lugar a mercurio metálico); al primero lo llamó argentum vivum (plata viva), y al segundo hydrargyum (plata líquida), nombre del que deriva el símbolo de este elemento en la tabla periódica: Hg. Este mismo autor señala la facilidad del mercurio para formar amalgamas con el oro, permitiendo la separación de éste de otros materiales, pues por calentamiento de la amalgama se recupera el preciado metal.

 

Así pues, y hasta la aparición de yacimientos como el de Huancavelica (Perú), los galeones españoles hacían un doble viaje: llevando mercurio desde la península, y trayendo oro puro desde América.

El mercurio fue considerado por los alquimistas de la Edad Media, como un punto de partida para obtener oro. Aunque ahora nos puede hacer más o menos gracia creer que ello es posible, hay que tener en cuenta que personajes como el propio Isaac Newton llegaron a pensarlo, y pasaron mucho tiempo en el laboratorio estudiando la forma de obtener la piedra filosofal a partir del mercurio; algo parecido parece que intentó el rey Carlos II de Inglaterra en su laboratorio de los sótanos de Westminster, quizá buscando la forma de resolver sus problemas económicos.

El mercurio también ha sido empleado a lo largo de la historia en otras aplicaciones, como es el sector farmacéutico, en remedios para enfermedades como la sífilis, estreñimiento, conjuntivitis y como antiséptico (por ejemplo en la mercromina). También se ha utilizado en el campo de los explosivos (fulminato de mercurio), para la fabricación de pilas o bombillas (comercializadas hoy en día, siendo aconsejable tras su uso, el reciclado en puntos específicos) o empastes. Un polvo gris, obtenido mezclando mercurio y creta molida era empleado por los detectives para la búsqueda de huellas dactilares. Otras sales, como por ejemplo el nitrato mercúrico, fueron empleadas por sombrereros de los siglos XVIII y XIX para suavizar y curtir las pieles.

Sin embargo, durante los últimos años se ha venido reduciendo el empleo de mercurio, ante las evidencias del efecto negativo que ejerce sobre la salud. Al margen de la intoxicación directa por elevadas dosis, el mercurio puede causar progresivos daños en el cerebro y en el sistema nervioso, provocando alteraciones en el comportamiento, tales como irritabilidad, timidez, temblores, alteraciones de la visión, problemas de memoria, etc...

La peligrosidad del mercurio depende de los niveles de exposición, y de su “forma química”, que va condicionar la absorción por el organismo. El consumo puntual de mercurio metálico, que en otra época era usado como laxante, no parece causar la muerte directa, pero si dicho mercurio es calentado, la inhalación de altas dosis de los vapores generados puede llegar a ser realmente peligrosa.

Aunque las sales de mercurio, son tóxicas, la forma que adopta el mercurio y que se considera como la más peligrosa es el metilmercurio, compuesto sintetizado por bacterias a partir del “mercurio inorgánico”, y que suele llegar procedente de fuentes naturales o por la actividad humana (incineración, minería, etc…). El metilmercurio se produce en suelos y aguas, de forma que acaba en el mar, siendo el fitoplancton el primero en asimilarlo, entrando así en la cadena alimenticia marina, y siendo acumulado especialmente por aquellas especies como los grandes depredadores. Mucho se ha dicho y escrito sobre la presencia de mercurio en el pescado, abriéndose el debate sobre la idoneidad del consumo de pescado. Sin embargo, hay que sopesar todos los factores, y considerar los beneficios del consumo de pescado. De este modo, en artículos publicados en revistas científicas, como uno publicado en 2007 en “Environment International” (http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0160412007000955), no se pone ninguna duda a los beneficios de una dieta variada incluyendo pescado. En esta misma línea, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, señala en su web ( http://www.aesan.msc.es ) la idoneidad del consumo de pescado, aunque establece una serie de recomendaciones para el consumo de determinadas especies (pez espada, tiburón, atún rojo  y lucio) por niños y mujeres embarazadas o en periodo de lactancia. No todo el pescado puede llegar a contener los mismos niveles de mercurio, tal y como señala la F.D.A, U.S. Food & Drug Administration, en la que se comparan los niveles de mercurio en distintas especies en el periodo de tiempo 1990-2010 ( http://1.usa.gov/KmHtnh ).

En cualquier caso, y para acabar, habría que tener en cuenta, que a pesar de lo que podríamos pensar, la exposición al mercurio en la actualidad es mucho menor que en otras épocas, cuando el mercurio estaba en multitud de productos farmacéuticos, así como en diversos ambientes de trabajo, entre los que se podría citar el de los sombreros de la época victoriana; las inhalaciones procedentes del nitrato mercúrico, que dichos sombrereros usaban para los fieltros, producían desordenes en el comportamiento, que hicieron celebre la frase “loco como un sombrerero”, y el estereotipo del sombrerero loco de “Alicia en el país de las maravillas”. En este sentido, hay quienes afirman que el extraño comportamiento de Newton en los últimos años de su vida se debió a intoxicación por mercurio, en base  a los análisis de sus cabellos, que mostraron concentraciones de mercurio del orden de 15 veces de la media, aunque Newton falleció a los 85 años. Carlos II de Inglaterra no tuvo tanta suerte, y pocos días más tarde de una sesión de trabajo en el laboratorio falleció; el análisis de sus cabellos, y los datos que aparecen en las crónicas, hacen pensar que el diagnóstico de su muerte fue envenenamiento por mercurio.

 

 

Juan Carlos García Quesada
Subdirector de Ingeniería Química

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